domingo, 12 de diciembre de 2010

Phobos

Es mediodía. Te encuentras mirando a las nueve en punto. Giras la cabeza ciento ochenta grados y la divisas a la distancia. Con su andar de vals, su falda almidonada remarcando las curvas de sus caderas, sus pobres zapatos de hombre, sus rotas rodillas de infante pleno, sus senos de futura madre espléndida debajo de la blusa color de rosa, su aroma a té de hibisco que aunque no hueles crees poder ver en el halo que rodea su cabeza, proviniendo seguramente de su cuello cisne en primavera, su cuello que de tus labios fue rivera, su barbilla cascada y su boca lago en el que tu lengua y su aliento jugaban. Y sus ojos, ¡malditos sus ojos por las bendiciones que en ellos recayeron!, sus ojos que te permiten develar el futuro, con todos tus hijos nonatos dibujados en ellos, los ojos de tu porfiria. Aún está lejos pero ya su voz está haciendo mella en tu oído. Agitas la cabeza para que no entre desde sus labios su voz celestial sonido, y lo único que logras que esas sílabas fugaces, sin sentido, que alcanzaste a escuchar, remuevan aquellas silabas concretas que estaban ocultas en tus más recónditos anhelos. Surgen de nuevos sus te quiero, sus suspiros, sus me muero papi que me muero que me estás desgarrando por dentro, sus llantitos de niña mimada, y es en este momento que crees que vas a llorar, que te contienes, cierras los ojos con fuerza comprimiendo tus lacrimales, y las nimias gotas saladas se te resbalan por dentro, bajando poco a poco detrás de tus mejillas, acumulándose alrededor de la comisura de tus labios, provocando una molesta flexión involuntaria, una estúpida y triste mueca de dolor. Pareciera que puedes verte desde fuera y decirte "Ridi, Pagliaccio".

Entonces recuerdas que ella se acerca, y tu cuerpo te traiciona, se mueve, dirigiéndose hacia ella desde tu lugar, no caminas, sólo esperas con la desesperación del que esperando lleva tanto tiempo que nunca pudo des-esperarla, y ruegas a todos los dioses y a los mil demonios que ella no sepa o que no haya aprendido o que no comprenda aún el arte infalible de leer los cuerpos y de entender las caras y sus gestos, para que no descubra la agonía resguardada en la media luna decreciente decaída empotrada en tu boca; el nudo abultado en tu garganta de todo lo que de todo lo que te has privado de decirle desde el día fatídico en que la perdiste; el rubor de deseo encendido que cubre cada centímetro de tu cuerpo que el campo de su presencia roza resultado de la maldita memoria corporal, y esa ansiedad de 6 de enero que traes encerrada tras los albos nudillos de tus puños apretados.

No entiendes, no soportas esto que te sucede, y muy dentro de ti, buscas, acusas, señalas, humillas, escupes, y saturas de vejaciones a tu persona. Y clausuras cualquier tentativa de huir, porque ya la tienes a dos metros de tu mirada, de tu voz, de este mismo dolor, de este mismo sufrimiento, que ahora que está justo enfrente tuyo, tienes que olvidar, dejar de lado, para controlar además toda esta vorágine de emociones, este caos sentimental, esta mierda desconsiderada y tan considerable que ha venido deviniendo en estos instantes, ESTA PUTA PINCHE Y PANTAGRUÉLICA PARAFERNALIA PREVIA A UN "HOLA".

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