viernes, 17 de diciembre de 2010

La última esperanza

Ayer mi mamá descubrió, que la pajarita australiana que tenía alrededor de un mes sin salir del nido, estaba muerta.

Abrió la jaula azul, metió la mano y el pequeño macho empezó a aletear desesperado, y mi madre le hablo suave para tranquilizarlo, destrabó el nido y lo sacó.

Ahí estaba. Sólo se divisaba la cola y sus alas, estaban en posición ascendente, como si fuera una pendiente hecha de cielo, y de tormenta, con sus plumas azules, blancas y negras.

Pobre.

Así estaba, seca, inmovil, como si fuera la magna obra de un taxidermista, que siendo tan pequeña y sin siquiera tocarla, hubiera logrado preservarla en ese estado y en esa misma triste posición.

Me puse a meditar en torno a su vida y muerte.

La recordaba revoloteando por el nido.

Llegó ya grande a mi casa y con un macho propio.

Tuvo un hijo con él y luego él murió.

La dejamos con su hijo en la jaula y metimos a otro machito. Al parecer esto fue incómodo para su cría pues se alborotaba y peleaba con el otro macho, a la mínima intención de éste hacia la hembra.

Así fue como terminamos sacando al hijo de la jaula y comenzó su etapa de delirio.

No había día en que no viéramos el revuelo de los dos pajaritos inmiscuidos en los estragos del amor, ella cantando y él aleteando con todas sus fuerzas.

Pero el macho a diferencia del otro tenía una falla. Por más que pisaba a la hembra, ésta nunca pudo ver, que uno sólo de los huevos que empollaba, se abriera.

Poco a poco creo que esto fue desmoralizándola, y llegó el punto en que su vida se volvió solamente, comer, copular, empollar.

Empollar para sólo mirar su fracaso, tomar el huevo entre sus alas, generalmente junto con otro tres huevos iguales, y lanzarlo fuera del nido.

Y era constante su intento por gozar de nuevo del placer de ser madre, pero nunca lo pudo lograr.

Creo que la última vez que dejó que el macho subiera en ella, la tomara desde atrás, empezara ese forcejeo que casi hubiese sido considerado absurdo, y ella fuera al nido, dio lo mejor de sí, se entregó completa a esta última vez, se internó de nuevo, como tantas veces ya lo había hecho dentro del nido, y vio el huevo, y esperó, y esperó y esperó aunque el hambre la hubiese estado carcomiendo, aunque las inclemencias del clima la obligaran a salir, y esperó como nunca podría esperar jamás porque la espera se volvió cita y con el afán de conocer el milagro de la vida otra vez, ofrendó inútilmente, la suya.

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